NO ES MI HIJO, PERO SOY SU PADRE.

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El desafío de la crianza en familias ensambladas

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La adopción presenta importantes desafíos, sobre todo cuando los niños llegan a su nuevo hogar a edades relativamente avanzadas, tienen un trasfondo de educación y conciencia de lo que está ocurriendo. La adaptación mutua, entre padres e hijos, puede resultar abrumadora y crítica.

Estas experiencias se hicieron más comunes con el aumento de las "Familias Ensambladas". Con alegría reconocemos que el niño que no tenía papá, en el nuevo matrimonio de su madre con otro hombre, encuentra esa figura paterna de la que carecía (lo mismo ocurre en el caso inverso).
Pero también surgen nuevos conflictos relacionados con el alcance de las responsabilidades y derechos del padre (o madre) adoptivo.

«No eres mi padre, no puedes decirme qué hacer».

Papá con su hijo
Las frases hirientes de los niños o adolescentes retumban en las paredes del hogar y del corazón. A veces, ellos no miden el alcance de las mismas; otras, es precisamente lastimar lo que buscan. 
A esto se suman las ocasionales discusiones en el matrimonio por el mismo tema: ¿Puedo corregirlo? ¿Hasta dónde llegan mis límites? ¿Cuál es mi rol en la educación del hijo de mi cónyuge?
Pero las preguntas más importantes para nosotros hoy, son: ¿Qué respuesta puede darnos Dios? ¿Hay, en Su Palabra, consejos que nos ayuden en este momento?

Permítannos entrar unos minutos en su hogar y compartir algunos puntos de vista. Hay esperanza:

PROVEER: REQUISITO PARA EDUCAR

En principio, es necesario aclarar algunas cosas.

Proveer no es lo único que hace un padre, y sólo proveer (alimento y vestido) no me hace necesariamente un buen papá.
Con esto se asocia otra idea: Proveer es más que dar de comer. ¡Por supuesto que esto es importante! Y cuando falta, vemos como se resienten las relaciones e individuos. Lo mínimo que puede hacer un progenitor por su hijo es darle sustento.

Pero repetimos: no es lo único que el ser humano necesita para una vida sana y feliz, sobre todo en el caso de los niños.
Un papá provee amor, identidad, ejemplo, atención, tiempo, disciplina y fe. A eso nos referimos en este apartado.

Habrán notado que incluimos la palabra "disciplina", erróneamente relacionada sólo con "castigo", pero que también se traduce como "instrucción, formación", entre otras. Así lo dice la Biblia:
"Y ya han olvidado por completo las palabras de aliento que como a hijos se les dirige: Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor ni te desamines cuando te reprenda, porque el Señor disciplina a los que ama y azota a todo el que recibe como hijo" (Hebreos 12:5-6)

La idea central del capítulo es justamente esa: Dios provee disciplina a sus hijos amados, eso hace un buen padre.

¿Qué podemos aprender de esto? Pues, que ejercer la corrección ante el error (o instruir para prevenir) es parte de las responsabilidades y el compromiso amoroso de un padre.
Incluso por sentido común: si él trabaja incansablemente para poner pan en la mesa y calzado en sus pies (y celular en sus manos, y PlayStation en su habitación), es lógico, honesto y sensato esperar que esa preocupación por el bienestar del niño también se exprese en regaños y penitencias cuando lo amerita.

Dicho de otra manera: Si tiene el deber de proveer, ¿no tiene también el de educar y corregir?

LOS VALORES COMPARTIDOS, POR SOBRE EL VÍNCULO SANGUÍNEO

Puede ocurrir que el papá adoptivo sea responsable y generoso, pero que -al mismo tiempo- el progenitor del niño no se haya desentendido de su responsabilidad y esté presente en la vida del pequeño.
Entonces ¿quién tiene la prioridad de la educación? ¿qué consejos debe oír con más atención?

No es un escenario sencillo. Pero miremos de nuevo la Escritura para notar un ejemplo que puede inspirarnos.

"A Timoteo, verdadero hijo en la fe" (1 Timoteo 1:2).
Estas son las palabras con que el apóstol Pablo describe al joven pastor y al vínculo que los une.
Sabemos que Timoteo no era huérfano, pero también sabemos que su padre (por lo menos al momento de escribirse el Nuevo Testamento) no era cristiano: "Después llegó a Derbe y a Listra; y he aquí, había allí cierto discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía creyente, pero de padre griego" (Hechos 16:1).

Pablo no asume la responsabilidad de criar y educar a Timoteo en el mismo sentido que su papá lo hizo, pero sí adopta una función paternal para guiarlo en la fe; un vínculo más fuerte que cualquiera en este mundo (cf. Efesios 4:3).
¿Qué significa esto para nosotros?
Asumimos que, el nuevo matrimonio que han formado, se construye sobre valores en común y que no compartían con su pareja anterior (de otra forma, aún estarían juntos).

En este acuerdo, han decidido educar a sus hijos sobre esas convicciones. Es más, quien convive con el niño es el cónyuge a quien están unidos en la fe.
Que bueno que el ex-esposo/a no se haya desligado de su deber, pero: ¿Sus consejos y cosmovisión coinciden con los valores que defendemos?

De no ser así, esto puede generar confusión en los hijos y socavar la imagen de autoridad de su hogar, sentimiento que acaba en una convivencia caótica.
Pensemos en el ejemplo de Jesús quien, teniendo conciencia de su filiación divina, fue sumiso a sus padres terrenales: padres adoptivos (cf. Lucas 2:49-51).

Aquí no se trata de competir por reconocimiento, sino de llegar a acuerdos de bendición.

Otra cosa a tener en cuenta son los hijos del nuevo matrimonio. Si todos los niños conviven en un mismo hogar, es justo que todos obedezcan las mismas reglas y se rijan por los mismos principios.

ALGUNAS IDEAS PRÁCTICAS

1. Que el niño sepa que esta persona, nueva en su vida, llega para darle amor y cuidado. No quiere opacar a su verdadero papá (o mamá).

2. Tanto los cónyuges como los niños deben saber que quien cumple con sus obligaciones, también tiene los derechos que le conciernen.

3. Enseñen que la disciplina es buena y necesaria. Es un acto de amor y debe estar en toda familia.

Comprendemos que cada caso es particular y debe analizarse en su contexto, pero siempre a la luz de las Escrituras.

De modo que lo que pretendemos en este artículo no es brindar respuestas exhaustivas, sino ofrecer una perspectiva que puede guiarnos en la edificación de un hogar fuerte en la fe.

Ante todo, les recomendamos que busquen consejo de los líderes de su congregación. Ellos los conocen y podrán ofrecerles acompañamiento personalizado y amoroso, tiempos de oración y comunión, oídos para escuchar y pañuelos para sus lágrimas cuando necesiten desahogarse.

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